Charles Darwin quiso siempre sacudir la imagen de las plantas como muebles verdes o como animales defectuosos. Escribió con la colaboración de su hijo Francis The Power of Movement in Plants, un libro de 1880 dedicado a esa vida que parece quieta sólo porque va a otra velocidad. Allí las plantas no aparecen como decoración sino como organismos activos: brotes que buscan luz, raíces que se orientan en la oscuridad, trepadoras que exploran el espacio y hojas que reaccionan al mundo.
Entre todos los misterios vegetales de la época había uno que los Darwin dejaron relativamente de lado: ¿cómo puede un árbol llevar agua a diez, veinte o cien metros de altura sin corazón, sin bomba y sin músculos? La explicación más audaz se impuso: el árbol no empuja el agua desde abajo; la tira desde arriba. Las hojas transpiran, el agua se evapora y esa pérdida genera una tensión que arrastra la columna líquida por el xilema. Francis Darwin habría dicho que creer en esa columna sostenida en el aire era como creer en piolas de arena. Y sin embargo no eran piolas de arena: eran conductos microscópicos por los que la planta había encontrado una forma de hacer que el ambiente chupara por ella.
El asunto es que nosotros los tucumanos también transpiramos, pero no tenemos semejante ingeniería. Nuestra pérdida de agua no hace subir automáticamente el líquido desde la mesa hasta la boca; más bien nos deshidrata. Miles de formas de evitar esa horrible condición se han sucedido en la historia. Aquí nos interesan unas en particular: los vasos termo, que son una verdadera plaga.
El vaso termo actual parece ser hijo de dos tecnologías anteriores: la pajita y la cantimplora. La pajita viene de lejos. En Mesopotamia ya se bebía cerveza de una vasija común mediante tubos largos (pruebe tomar cerveza con pajita y después me cuenta). La idea siempre fue parecida: acercar la bebida a la boca sin mover demasiado el recipiente. La cantimplora pertenecía a otra familia. No acercaba el líquido a la boca: lo llevaba lejos de la canilla. En nuestra infancia aparecía para una excursión o un campamento, como la bolsa de dormir o el cuchillo de Rambo, y era más ruido que agua, que salía caliente y con gusto a olla.
El vaso termo reúne esas dos herencias. Conserva el agua como la cantimplora, la acerca a la boca como la pajita, y agrega tapa, asa, piquito, tubo interno y una compleja vida doméstica de piezas separables. Stanley, la marca que quedó asociada al fenómeno, nació en 1913. El tema es que los originales son los Essen de los vasos térmicos: sobreviven a sus dueños y se pagan en varias generaciones. Por eso no es tan probable ver a un tucumano con uno de esos, salvo que lo saque a pasear para hacer alaraca.
Ahí tenemos un problema. Compramos miles de “peluches de Stanley”, vasos degradados y a la vez ampulosos. Con una lógica demográfica implacable se han multiplicado exponencialmente: no hay casa que no tenga cien vasos y fracción, porque rara vez están completas todas sus partes. Hay vasos sin tapa, tapas sin vaso, tubos sin destino, gomitas que alguna vez sellaron algo. Haría falta un oficio nuevo: armador de vasos termo.
Ahora bien no siempre es así: existe también lo que podríamos llamar el usuario fiel. A ese no puede ocurrirle la diáspora de partes. Tiene uno o dos vasos, no más, y los cuida con recelo. Con el tiempo, el propietario y su artefacto se han amoldado. La mano reconoce el asa y la boca encuentra el tubo sin mirar. El piquito está mascado (perdón, pero es la palabra) a su gusto. Se los ve en los gimnasios, en los parques y en avenidas como la General Perón, y a veces se reconoce al dueño por el vaso.
Entonces vuelve, por otro camino, la pregunta de los árboles. Ellos resolvieron el problema con una elegancia silenciosa: hicieron del aire, de las hojas y del xilema una maquinaria para beber. Nosotros, menos dotados, juntamos cantimplora, pajita, tapa, asa y piquito rebatible. Los seres humanos se mueven, corren, ejercitan, transpiran y cargan su pequeño artefacto personal. Y cuando el vaso se vuelve tan íntimo, intransferible y adaptado a una sola boca, ¿no estaremos en el fascinante campo semántico de la mamadera?